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Quiroga: inventor, ciclista, escritor...

  • Foto del escritor: Biblioteca Integral
    Biblioteca Integral
  • 19 ago 2021
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 1 sept 2021

¿Puede alguien imaginarse a Gustavo Adolfo Bécquer inventando un aparato para matar hormigas; o a Lugones domesticando un oso hormiguero; o a Borges con mameluco, arreglando su Ford a bigotes?




Compartimos dos fragmentos de una adaptación de la "banda" de la antología Para noche de insomnio. Textos de Horacio Quiroga (Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1991. Colección Libros para nada), realizada por Ezequiel Adamovsky y Gustavo Bombini y publicada por la Revista Imaginaria.


Bastó con ver su aspecto para que la andaluza que se había acercado a la casa de Vicente López, en busca de empleo, huyera despavorida. Al abrirse la puerta, había visto a un hombre descalzo, vestido con un overol manchado de grasa, con abundante barba y cabellera negras, ojos celestes e inquietantes, muy flaco y de baja estatura. Contra lo que la andaluza y nosotros mismos pudiésemos pensar, contra la imagen habitual del "escritor prestigioso", quien apareció allí era Horacio Quiroga. Es que la vida del leidísimo cuentista pareciera haber sido pergeñada para destruir todos los posibles lugares comunes que recorren habitualmente las biografías literarias.
¿Puede alguien imaginarse a Gustavo Adolfo Bécquer inventando un aparato para matar hormigas; o a Lugones domesticando un oso hormiguero; o a Borges con mameluco, arreglando su Ford a bigotes? Quiroga no sólo hizo esas cosas: también fue capaz de inventar una maceta putrescible para el transplante de la yerba mate, de destilar naranjas, de fabricar maíz quebrado, mosaicos de bleck y arena ferruginosa, resina de incienso por destilación seca, carbón, cáscaras abrillantadas de apepí, tintura de lapacho y de otros vegetales, de extraer caucho, de regar flores de fibra textil de abajo hacia arriba para aprovechar el efecto de capilaridad, de construir canoas, chalanas y botes, de confeccionar su propia ropa y de apasionarse con la lectura de catálogos de herramientas de la "Ferretería Francesa". Pero Quiroga nunca obtuvo un centavo por sus impredecibles invenciones. No siempre el más ingenioso creador es su mejor promotor. Sus pobres ingresos vendrían de otra parte.
[...]
En realidad, nadie podría haber pensado que ese adolescente caprichoso y desconcertante iba a terminar siendo un escritor. Y el mismo Quiroga, menos que nadie. Sus primeras aficiones estaban muy lejos de corresponder a los influjos de alguna musa inspiradora. Nada más lejos de la escritura que su primera pasión: el ciclismo.
A los quince años tuvo una bicicleta en sus manos y, entre los inevitables porrazos, decidió dedicarse por completo al, por entonces, nuevo deporte. Se compró cuanto libro y revista existiera sobre el tema y pronto las paredes de su habitación estuvieron cubiertas con posters de los ídolos del ciclismo. Su afición era tal que llegó a fundar la primera asociación de ciclismo de su ciudad natal, Salto. Además obtuvo el dinero necesario para construir allí el primer velódromo.
Su objetivo era llegar a competir profesionalmente a nivel internacional, objetivo que debió abandonar al darse cuenta de que, por más duro que entrenara, no llegaría ni siquiera a igualar los tiempos de cualquier aficionado. Porrazo final.
Su siguiente vocación iba a ser igualmente lejana a lo literario, aunque no con menos sorpresas: el químico Quiroga solía despertar a toda su familia con explosiones e incendios en su habitación. De la química pasó a la fotografía, actividad en la que fue igualmente inconstante, mientras matizaba sus tardes armando y desarmando maquinarias en un taller vecino.
Terminado el secundario en el Politécnico de Salto, no siguió estudios universitarios regulares: iba cuando quería a los cursos que le interesaban. Su familia, harta de sus devaneos juveniles, lo intimó a tomar una decisión definitiva. Puesto a elegir, Quiroga sorprendió con una vocación oculta: ser marino. La familia aceptó entusiasmada la opción: un poco de disciplina militar vendría bien al joven díscolo. Pero pronto Quiroga abandonó la idea.
Los inicios literarios fueron casi como un juego.

Si les resultó interesante, pueden leer el artículo completo en Revista Imaginaria.


📚📖📘 ¡Que disfruten la lectura! ☕🧉🥐





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